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El crimen más atroz del psicópata Totò Riina: la Mafia sí mata niños de 11 años

ABC

La Mafia siciliana dice a modo de mantra que no se dedica a secuestrar a la gente. No se implica en delitos de prostitución y, sobre todo, insisten: no mata a mujeres ni a niños. Obviamente se trata de una mentira pueril que, tal vez, se hayan llegado a creer los propios gánsters. La brutalidad de Totò demostró que para un mafioso no hay nada lo suficientemente engorroso si hay dinero en el horizonte.

La etapa en la que Totò Riina estuvo al frente de la Cosa Nostra dejó a esta organización criminal decimonónica al borde de la desaparición. La guerra que el capo natural de Corleone mantuvo con el Estado en los años ochenta sobrepasó los índices de brutalidad incluso de un lugar tan prevenido como Italia. Mató a políticos, jueces, periodistas e incluso a niños. Se cree que fue responsable, en total, de más de un millar de asesinatos y que cometió personalmente 40 de ellos.

De ahí que su mote de «la Bestia» sirva para apuntar lo que a todas luces parece la personalidad típica de un psicópata. Entre sus crímenes más atroces, destaca el de Giuseppe Di Matteo, el hijo de un arrepentido que acabó en un baño de ácido. Aquí viene la historia de otra víctima del terror siciliano. Aquí viene la historia que recuerda que, sí, la Mafia también mata niños.

«Líbrate del cachorro»

El asesinato del magistrado Paolo Borsellino marcó un antes y un después en la lucha contra la Mafia y dio paso a una operación de envergadura contra Riina. Entre 1992 y 1994, 5.343 personas fueron arrestadas bajo la ley antimafia Rognoni-La Torre. Aupados por las nuevas leyes para proteger a los arrepentidos, el número de miembros de la Cosa Nostra dispuesto a testificar contra sus compañeros se disparó en pocos meses. Santino Di Matteo cantó la traviata cuando fue capturado, lo que se tradujo en que confesó cómo planificó y ejecutó el atentado bomba en el que murió el juez Giovanni Falcone. Apuntó con ello en dirección a Totò Riina, quien se propuso dar un castigo ejemplar al chivato: no habría piedad con los familiares de aquellos que colaboraran con las autoridades.

El hijo de Di Matteo, de diez años en ese momento, fue secuestrado y pasó encerrado en un búnker subterráneo casi dos años. Durante todo ese tiempo el padre se mantuvo firme en su idea de colaborar con la justicia. El 23 de noviembre de 1993, el adolescente, que soñaba con convertirse en jinete profesional cuando fuera mayor, fue estrangulado y disuelto en ácido por el propio Nino Gioé, también involucrado en el asesinato de Falcone. Giovanni Brusca, apodado «u Verru» («El cerdo»), le había llamado poco antes: «Líbrate del cachorro», le ordenó.

Explica John Dickie en «Historia de la Mafia» (Debate, 2015) que «episodios como el horrible asesinato de Giuseppe Di Matteo rompieron los tradicionales vínculos con amigos y miembros de la organización». El discurso de un hermandad de hombres honorables, que delinquían para combatir al cruel sistema, no se sostenía con salvajadas así.

En febrero de 1996, las fuerzas policiales desenterraron uno de los búnkeres propiedad de Giovanni Brusca. El sicario hacía tiempo que había perdido la cuenta de cuántos asesinatos cometió a lo largo de su vida, entre 100 y 200, siendo su guarida el mejor museo de aquel horror. Desde fuera parecía un caserío rural casi ruinoso, pero por dentro, en el suelo de la cocina, había un acceso secreto al búnker. Apretando un botón se activaba un ascensor hasta una distancia de 50 metros de profundidad donde se hallaba un apartamento de dos habitaciones. Allí fue retenido el joven Giuseppe hasta su muerte. Además, a pocos metros de la vivienda los investigadores encontraron el mayor arsenal de armas privadas de la historia de Italia. 400 pistolas, docenas de escopetas, bazucas, cajas y cajas de granadas e incluso misiles antitanque.

El mito de que no secuestran y no prostituyen

La Mafia siciliana alardea de que no mata mujeres ni niños, de que los deja fuera de los asuntos profesionales. La muerte de Giuseppe Di Matteo desmiente este punto, así como el gran número de víctimas inocentes alcanzados por los daños colaterales de las guerras mafiosas. Otro de los mitos que la Mafia ha extendido es que no participa en secuestros, como sí hace la Mafia calabresa desde casi su fundación. Si bien existe un amplio número de casos que cuestionan este mito, sí es cierto que los sicilianos han preferido no involucrarse a lo largo de su historia en este tipo de delito.

Los secuestros convertían a la Mafia en muy impopular entre la ciudadanía, atraían mucha atención policial y solía afectar a empresarios que, de una forma u otra, compartían negocios fraudulentos con otras ramas de la organización. Mientras que los camorristas nacieron de las clases más bajas, los mafiosos lo hicieron de una clase media que ha mantenido siempre fuertes lazos con el mundo empresarial y político. La influencia política de la Cosa Nostra es más valiosa que el botín que se pudedaa sacar por los secuestros.

Sobre la prostitución, la Mafia siciliana sí ha preferido alejarse, por regla general, desde sus orígenes en el siglo XIX. Al contrario de la Camorra y la Ndrangheta, los sicilianos consideraban la prostitución algo ilegítimo y un elemento desestabilizador para la organización. Resulta demasiado fácil que las mujeres explotadas terminen testificando en contra de los mafiosos, dada la familiaridad creada en el seno de los burdeles.

La Cosa Nostra prohíbe hoy en día a sus miembros participar de este delito, porque, explicaba el juez Giovanni Falcone, deben asegurarse de que «las mujeres de su comunidad no sean humilladas en su propio medio social».

La prohibición se remonta prácticamente a los orígenes de la organización. John Dickie explica en el mencionado libro que «puede que la Mafia siciliana de la década de 1860 diera un trato brutal a las mujeres, y las utilizara a nivel doméstico, pero no las humillaba en público» (como implicaría cualquier forma de prostitución). Dentro de la conservadora mentalidad de los mafiosos, la mujer era requerida para guardar silencio, criar a los hijos del capo, educarlos en la «tradición del honor». Todo ello sin olvidar que los sicilianos veían en sus mujeres instrumentos a través de los cuales trazar alianzas y crear dinastías al más puro estilo de las monarquías europeas.

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